Escuchar el Himno https://youtu.be/uMc555-B4fo
Las leyendas populares judías son múltiples y
diversas. A veces, la presencia de una persona singular hace resurgir el
recuerdo de los “lamedvóvnikes” (la suma de las letras L y V en hebreo equivale
a 36). Según esta tradición, por el mundo circulan sin sitio fijo, treinta y
seis santos varones. Su presencia adopta las formas más imperceptibles, más
humildes, de modo tal que puedan hacer el bien en el más discreto de los
anonimatos. Así encubiertos, pueden preservar a los seres humanos de los males
que los acechan.
En un suburbio de Vilna (Vilne en ídish), en
la calle Pequeña Sznipiszok (Wilkomirska 118), a comienzos de la década del ’20
del siglo XX, vivía un humilde botellero llamado VélvlGlik. Era un hombre de
una religiosidad tan profunda y una honestidad tan incuestionable, que muchos
sospechaban -entre veras y burlas- que era uno de los treinta y seis santos
varones (“lamedvóvnikes”).
Si alguien le otorgara valor a la leyenda, si
le atribuyera a VélvlGlik el papel de benefactor anónimo, no dudaría en
sostener que una de sus obras más pías la realizó a través de su hijo Hirsch,
que nació en 1922.
¿Cuánto bien puede hacer un hombre? Si ese
hombre es un poeta, ¿cuántas almas pueden ser arrancadas del más profundo
abatimiento por sus palabras entusiastas? Y si ese poeta atraviesa las
circunstancias más duras que puede atravesar un pueblo, ¿cuántas fuerzas puede
reclutar su poesía, cuántas esperanzas y cuánta voluntad de combate pueden
nuclearse en torno de unos versos?
Quizá el destino más noble de un poeta sea el
de perdurar a través de sus obras. Si la obra es un canto, y esa canción es del
pueblo que en las circunstancias más extremas, con un pie en el infierno, puede
apoyar gracias a ella el otro pie en el futuro, perdurará el autor en los
estremecimientos de su poesía. Si es militante de una causa, y su aliento es
una fuerza en esa causa- se hará inmortal a través de un himno. El hijo del
humilde Vélvl, el joven poeta HirschGlik, compuso en el campo de trabajos
forzados de Resze, durante la ocupación alemana, el Himno de los Partisanos.
EL POETA DE LOS SUBURBIOS
La calle Pequeña Sznipiszok era “la calle de
los poetas”. Las conquistas del movimiento jalutziano (pionero) en Éretz Israel
se transformaban rápidamente en noticias; y de noticias pasaban a ser mitos
populares. La esperanza que se abría a través de esta promesa, mitigaba en
parte el rigor de las condiciones de vida en lo que había sido la Zona de
Residencia (“TjumHamoshav”) del Imperio Zarista.
En casa de los Glik resonaba siempre el eco de
las canciones populares judías y de los cantos litúrgicos. Quizá fue allí donde
Vélvl transmitió a su hijo las artes que tanto bien harían a su pueblo ante el
riesgo del exterminio nacional. La esperanza es esa cosa que se canta. Y que se
canta en reuniones de amigos, de compatriotas, de camaradas. La poesía que de
niño escuchó Hirsch fue siempre poesía comunitaria, poesía para cantar, para
alegrar las almas, para reunir a la gente en torno de un problema, de un
sufrimiento, de una esperanza.
No extrañará entonces que, una vez cumplido su
“bar-mitzvá”, su modo de relación con la comunidad fuera fundamentalmente
poético. Pero no se trataba del héroe romántico que, en su interioridad
individual, sufre y se desvela por su pueblo. HirschGlik, espontáneamente,
concebía la poesía como obra colectiva.
Así, la calle judía pronto conoció una revista
de poesía llamada “Yúngvald” (Bosque joven). La revista era editada por un
grupo de muy jóvenes poetas -el promedio no pasaba de los 16 años. HirschGlik
es el más destacado de esta camada, que descubre la pobreza y el dolor de los
suburbios de Vilna.
La actividad poética cubre todos los ratos
libres de una vida laboriosa. Casi no pasa semana en que no escriba una nueva
poesía.
Pero como la motivación inicial había surgido
de las reuniones y de los cantos, no se conformaban con hacer circular el texto
escrito. Los jóvenes integrantes de la revista se reunían a leer en voz alta
las composiciones de la semana. El rito de la recitación era el primer fin y el
primer examen del valor literario de las composiciones. Allí se observa
claramente que esta poesía de sesgo popular y social no tenía como destino la
crítica estilística de los textos escritos, sino la recitación por millares de
voces judías en rincones insospechados de Europa.
EL POGROM Y EL GUETO
Muchos jóvenes judíos de Vilna temían al
pogrom como al peor de los males. La poesía llena de esperanza en una tierra
redimida en Éretz Israel, soñaba entonces, ante todo, con un país libre de
amenazas, con una ciudad donde se pudiera salir a caminar por la noche sin
temor a una golpiza, una humillación o un asesinato impune.
El muchacho que había redactado su propio
discurso para el “bar-mitzvá” se había unido a las filas del movimiento
“HashomerHatzaír”. Tal vez por esa razón, sus primeras composiciones estaban
tejidas en hebreo. Quizá luego, la realidad del gueto impuso el ídisch: la
poesía al servicio del pueblo tenía que estar escrita en la lengua que hablaba
el pueblo en la resistencia.
Al estallar la contienda, en septiembre de
1939, el joven que aún no había llegado a los veinte años percibió la nueva
presencia soviética como una liberación de los peligros pogromistas. Irónicamente,
la guerra aparecía como liberadora. Pero la esperanza en el “Mesías del tanque
rojo, en los mongoles que cuidan el puente verde”, pronto se iba a desvanecer.
En esos días, en el poema “Alguna vez”,
HirschGlik escribió: “Alguna vez soñé con ser el héroe de una leyenda”. Aunque
el sueño se haya cumplido en el seno de una pesadilla, efectivamente se
cumplió. Veamos cómo:
Himno de los partisanosCuando las tropas
alemanas se acercaban a Vilna, el día anterior al ingreso definitivo,
HirschkeGlik y miles de judíos huyeron rumbo a Rusia. No todos llegaron. Los
bombarderos y los motociclistas alemanes interrumpieron la huida de muchos de
esos miles. A pocos kilómetros de la frontera soviética fue detenido Glik. Allí
comenzaba otra existencia. Las condiciones absolutamente transmutadas, el
pasaje de la esperanza a la más cruel opresión, terminaron por darle a la
poesía de Glik un destino totalmente distinto. Se transformó inmediatamente en
un arma de resistencia. Quizá en pocos sitios sea tan precisa como en el Gueto
de Vilna la sentencia: “la poesía es un arma cargada de futuro”.
Los nazis comenzaron a trasladar a los judíos
de Vilna. La meta era siniestra, pero la maquinaria de exterminio aún no estaba
allí suficientemente aceitada. Establecieron en los pantanos de Resze, en las
afueras de la ciudad, un campo de trabajos forzados. Por propia voluntad era
posible elegir ese sitio. Con treinta judíos más, Glik decidió marchar así
hacia el primer destino que le ofrecía la guerra.
Pero el poeta no había formado parte de
“Yúngvald” para abandonar su oficio ante circunstancias adversas. En los
pantanos, entre el estiércol y la extenuación, sentó sus reales. Los caballos
fueron expulsados de los establos y allí se amontonaron los residentes del
campo de trabajo. Pero la aniquilación subjetiva no podía ser inmediata. Al
contrario, rápidamente la poesía de Glik entró a formar parte de las tareas de
la resistencia. Era preciso conservar la esperanza, era preciso que el yugo
nazi no quebrantara el ánimo de los judíos.
Los días de trabajo en Vilna de preguerra
habían sido duros. Sin embargo la poesía encontraba siempre su tiempo. Los días
en Resze eran tal vez más duros, pero la poesía se había hecho más necesaria
que nunca. No sólo para el espíritu del poeta; era necesaria para la comunidad
prisionera. Los domingos se reunían los cautivos en el establo devenido barraca
y allí, como otrora en la Pequeña Sznipiszok, los poemas de Glik iniciaban su
ciclo de recitados. A partir de ese epicentro, por vasos capilares imperceptibles,
las composiciones pasarían de boca en boca. Quizá era la obra del santo varón,
que a través de su hijo proporcionaba una casi imposible alegría al gueto.
La poesía tenía que ser himno para convertirse
en arma. Y para ser himno requería música. Con música, las palabras se
propagarían más rápidamente, la emoción calaría más hondo. Cuando Hirschke
transportaba turba, solía pedirle a su acompañante, el músico Dimitri Pokras,
que le cantara una hermosa melodía. “Trataré yo de adaptarle una letra”, decía
Glik.
EL HIMNO DE LOS PARTISANOS
“No digas nunca que transitas tu final
si el día ocultan cielos de metal.
Nuestra hora tan ansiada, ha de venir
cuando redoble nuestro paso : ! Henos aquí !”
“Desde el país de la palmera al de la nieve
es nuestro inmenso dolor el que nos mueve.
Y allí donde nuestra sangre haya caído
brotarán nuestro valor , nuestro heroísmo”.
“Se borrará el ayer con el enemigo,
la luz del alba alumbrará nuestro camino.
Pero si tarda, pasará nuestra canción
como consigna de una a otra generación”.
“Con sangre y plomo la canción escrita está,
no es la de un pájaro feliz en libertad,
sino que un pueblo, entre muros derrumbados,
la cantó con las armas en las manos”.
“No digas, pues, que transitas tu final…”
Texto en ídisch: HirschGlik
Traducción: MoshéKorin (1) Música: Dimitri
Pokras (1) La presente versión castellana del Himno de los Partisanos de
HirschGlik, se ajusta en lo posible al ritmo de la letra original en ídish.
Las canciones populares polacas y rusas, las
canciones tradicionales hebreas, recibieron de este modo contenidos totalmente
nuevos. Así como era nueva la situación que debía atravesar el pueblo judío, el
vino nuevo debía ser vertido en los antiguos odres para mejor colaborar en la
empresa de mantener el ánimo.
LA LIQUIDACIÓN DEL CAMPO DE TRABAJO Y LA
RESISTENCIA DEL GUETO.
En mayo de 1943, las autoridades alemanas
deciden liquidar el campo de concentración de Resze. El traslado al Gueto de
Vilno es la etapa siguiente de la peregrinación de Glik. La actividad cultural
era necesaria no sólo para mantener viva a la población, sino sobre todo para
mantener la condición judía de la vida comunitaria. En los múltiples sitios de
desplazamiento, la presencia de Glik trae su gota de esperanza. La poesía de la
calle judía se junta con las antiguas canciones grabadas en el alma para hacer
fuertes a los hombres de un pueblo amenazado de desaparición definitiva.
Las fechas que se atribuyen a la composición
del Himno difieren en detalle. Tal vez la canción inició su recorrido antes de
la primavera de 1943. “No digas nunca que transitas tu final // Pase esta
canción como lema de una generación a otra // Un pueblo, entre muros
derrumbados, // la cantó con las armas en la mano…”. O quizá la fuerza de estas
palabras haya sido escuchada por primera vez en una de las tantas operaciones
“culturales” de la resistencia en el gueto. El Primero de Mayo tenía, en
aquellos tiempos, desde hacía ya casi medio siglo, el valor de un símbolo en la
lucha de los pueblos por la liberación. En la Zona de Residencia del Imperio
Zarista, no pasaba un primero de mayo sin que las masas trabajadoras judías se
manifestaran de alguna forma en pos de una sociedad más justa.
Esta costumbre no podía perderse en el gueto.
El primero de mayo de 1943 se organizó la velada con el nombre de “Primavera en
la literatura ídisch”. “Primavera” no era el nombre de la estación del año sino
del Primero de Mayo. Por entonces, ya habían llegado noticias de la rebelión en
el Gueto de Varsovia. Según lo refiere el escritor SchmerkeKatzerguinsky, que
después vivió en la Argentina, HirshGlik se le acercó esa noche para hacerle
saber que había compuesto “una nueva poesía, que se canta”. Al día siguiente se
la leyó, y la Jefatura de la Organización de Partisanos en el Gueto decidió que
la canción pasara a ser el Himno de los combatientes. En realidad, se difundió
con tanta rapidez que ningún dictamen en ese sentido fue necesario.
Otra versión, la de Aba Kóvner (luego
combatiente en la Guerra de la Independencia de Israel, 1948-49, y miembro del
“Kibutz Ein Ha-Joresh”.), señala que la canción había sido compuesta con
anterioridad, cuando la Unión de Partisanos celebró su primer aniversario.
Según el testimonio de la guerrillera
RéizlKórchak, un miembro de su comando llegó a afirmar: “Aunque ninguno de
nosotros quede con vida y sólo nuestro himno permanezca, éste será suficiente
para que las nuevas generaciones comprendan lo que nuestra vida fue y puedan
honrar el legado que les dejamos con nuestra muerte”.
La canción de HirshkeGlik, tal como lo expresa
Mark Dvordyetzky, “llegó a ser el símbolo de la resistencia en los bosques, en
los guetos, en los campos de concentración; en los altillos, en sótanos y
bunkers; en el trabajo y en las reuniones clandestinas”
La citada RéizlKórchak llama al Himno de los
Partisanos “el maravilloso canto de esperanza y heroísmo, la majestuosa canción
que emergía de nuestros corazones…”
LA LIQUIDACIÓN DEL GUETO
En el Gueto de Vilna, Glik pertenecía al grupo
de los que habían decidido luchar con armas reales contra el despotismo nazi,
aunque la victoria fuera una quimera imposible. Varias veces le ofrecieron
partir a los bosques, para unirse al combate de la guerrilla. Pero la opción de
salvarse solo, aunque fuera para seguir luchando, no estaba en su horizonte.
En septiembre de 1943 llega la orden de
liquidar el gueto. Los diez mil judíos del Gueto de Vilna son conducidos a
distintos campos de concentración en Estonia. Comienza así una peregrinación
casi infinita por diversos campos de horror: Narwa, Kiwiali, Azari. El Nunca
digas se entonaba en todos los campos, de noche, cuando la vigilancia nazi
dormía. Pocos sabían que entre los que cantaban se encontraba el propio autor ,
el silencioso HirschGlik.
LA “MARCHA FINAL”
La resistencia continuaba de modos
insospechados. Glik componía para la recitación colectiva versos de esperanza,
pero también versos satíricos relacionados con la vida en el campo. Sentados en
el camastro, cien reclusos que lo rodeaban, milagrosamente, podían reír.
En enero de 1944, en los días de Janucá, los
trescientos reclusos de la barraca decidieron celebrar. Con tenedores y
cucharas se hizo el candelabro de ocho brazos. Glik leyó dos largos poemas
suyos augurando la hora de la liberación. En el ágape, el café y las rebanadas
de pan untadas con fina capa de manteca fueron más que un manjar: ¡fueron una
victoria!
En el verano de 1944, las noticias de la
retirada alemana traían esperanzas y terrores. ¿Qué harían los alemanes con los
prisioneros? ¿Cómo podrían éstos alcanzar la liberación antes de que los
sacrificara la furia homicida de los derrotados? Era preciso huir hacia los
bosques para unirse a la guerrilla.
Nadie era confiable; pero era preciso confiar.
Distintos grupos se organizaron para huir por tandas. El cucú del cuclillo
sería la señal para atravesar las alambradas. HirschGlik fue uno de los que
respondieron a esa señal. Aparentemente, la huida fue exitosa. Pero Glik fue
sorprendido por una batida alemana, que se había internado en el bosque a fin
de eliminar a guerrilleros soviéticos y estonios. Glik y ocho de sus camaradas,
refugiados en un establo, sucumbieron.
El Himno de los
Partisanos, que él compuso, ¡vivirá para siempre!
El Himno de los Partisanos Judíos
16/Abr/2015
Enlace Judío, por Moshé Korin